Tú que eras tan de jugar, yo tan de dejarme llevar.

 

“312”.

 

Una simple nota introduces bajo mi puerta, corres, me dejas bloqueada, de ideas desierta. Contigo perdí el Norte y busqué las coordenadas, sentía que esos labios me hacían una llamada.

Encontré las coordenadas: 40° 31′ 22″ N era una casa rural de la capital, me voy de viaje mi instinto como único aval. Cinco horas de autobús, una más de taxi, pregunté por ti me dieron la llave de una habitación una vieja grabadora sobre el colchón: la bicicleta es lo que sonaba, mis ideas se despertaban.

Corrí a recepción pregunté por actividades, bici de montaña, joder que díficil es tirarte la caña. Pedaleé siguiendo el camino a tiza de tus flechas: primer árbol a la derecha. Rellenaste con un sobre el hueco del árbol, lo rompí con cierta ansiedad. Una nota y un billete sin destino, me senté a la sombra del pino. “Odlar Yurdu: la tierra del fuego eterno”. Subí a la bicicleta sin pensar en dinero, en equipaje, solo tú billete y mi corazón gritándome vete. Lo canjeé por un vuelo, destino Azerbaiyán dónde mis labios con los suyos por fin se encontrarán.

Con un manojo de nervios, ya en el aeropuerto, mi olfato su olor percibe, viene corriendo con un beso me recibe. Me susurra al oído estás loca, que mejor forma que callarla que besando su boca.

TAMARA CAMINO.

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